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HISTORIA DEL CUARTO DEL RESCATE
La última Jornada, Viernes 15 de noviembre de 1532. Al amanecer, Francisco Pizarro dio la orden de partir ordenadamente. Todos sabían que estaban recorriendo la última jornada para llegar a Cajamarca. Caminaron medio día y de pronto, la vanguardia se detuvo en las alturas del cerro la Shicuana. La visión de los cristianos debió resultar abrumadora; mostraba sus edificios de piedra de sólida arquitectura y su plaza muy grande, un grupo de edificios rodeados de arboledas y desde el río ocupando parte de las llanuras y las faldas de los cerros Pullucana, Coñorpunta, Pumaorco, e Yscoconga; había una innumerable cantidad de toldos blancos, ocupando más de media legua de distancia, cerca de tres Kms., según apreciación de Cristóbal de Mena. Allí estaba esperando Atahualpa, rodeado de una gran multitud de gente, congregado como en una fiesta.
El capitán Hernando Pizarro encabezaba el descenso y fue el primer cristiano que ingresó en la ciudad de Cajamarca, seguido de su grupo de jinetes. Era el medio día viernes 15 de noviembre de 1532. Cuando todos entraron en la Plaza de la ciudad, el cielo se cubrió de oscuros nubarrones que se precipitaron en una granizada torrencial.
La expedición estaba conformada por 168 aventureros; 106 infantes, 62 hombres a caballos; sólo 51 de ellos definitivamente, sabían leer y escribir (Lockhart, 35), por lo menos una mujer española, Juana Hernández, traída por Hernando de Soto; centenares de indios nicaraguas y caníbales del Caribe, esclavos negros de Guinea; mujeres centro americanas compradas como esclavas, muchas mujeres de la costa norte del Tahuantinsuyo , etc.,   y una jauría de perros entrenados en devorar indios en menos de los que dura un credo.
Al acercarse la caballería cundió la curiosidad. Los pastores de los alrededores cedieron al asombro y acudieron al encuentro con los españoles, que se vieron cercados de «gente popular y hasta algunos de la gente de guerra de Atahualpa, que se demandaban por venir a vernos», según cuenta uno de los conquistadores.
Dentro de la ciudad no hallaron gente de lustre ninguna sino sólo algunas mujeres. Había sí, multitud de plebeyos, atraídos por el insólito espectáculo, mientras tanto, «los indios e indias del servicio de los españoles – que conocían las furias del inca – lloraban diciendo que presto los habían de matar los que estaban con Atahualpa; caía mucho granizo. La situación era poco menos que desesperada, pero el veterano jefe español se mostraba sereno y maduraba un plan que le permitiera capturar al Inca.
En Cajamarca, la gente decía que los españoles eran locos por su atrevimiento y debieron sentirse presas de un verdadero desconcierto. Aquí sintieron la desesperante sensación de haber entrado en un mundo diferente; el miedo sentido en el camino, ya no era nada comparado con el que les abrumaba ahora, todos los cronistas hablan de sus grandes temores.
En dicha ciudad, existía «gran cantidad de indios mitmas»; tal cuenta el mismo cronista. Un número de ellos debió ser de origen cusqueño y entre ellos habría huascaristas. 0tros mitimaes serían de distintas etnías, adversas a los Incas en general.
A la entrada de la ciudad, había dos puentes paralelos sobre el río San Lucas; por uno de ellos pasaba sólo el Inca y los grandes señores del Tahuantinsuyo, y por el otro pasaba la gente del pueblo. La inmensa plaza de la ciudad estaba desierta, viéndose en ella sólo algunos indios servidores de los templos y los guardianes del acllahuasi o casa de las mujeres escogidas; éstas lloraban en sus aposentos, presintiendo una gravísima desgracia.
El soldado Juan Ruiz de Arce dice que un mensajero de Atahualpa vino de Pulltumarca (Baños del Inca) a decirnos «que nos aposentásemos en la plaza, que él no podía venir porque ayunaba aquel día».
«Las casas son de más de 200 pasos en largo; son muy bien hechas, cercadas de tapias fuertes, las paredes de tres estados de alto; están dentro de estas casas unos aposentos repartidos en ocho cuartos muy mejor hechos que ninguno de los otros. Las paredes de ellas son de piedra y de cantería muy bien labradas y cercados estos aposentos por sí con su cerca de cantería y sus puertas y dentro de los patios sus pilas de agua traída de otra parte por caños para el servicio de estas casas».
Uno de estos aposentos debió ser la casa del cacique o solar del Inca, llamado hoy el Cuarto de Rescate.
Hernando Pizarro dice que el Inca ordenó que se aposentasen «en tres galpones grandes que estaban en aquella plaza y uno que estaba en medio le dejasen para él».
El artillero griego Pedro de Candia y algunos escopeteros, se ubicaron, para la toma del Inca, en esta fortaleza de la plaza, con el único falconete o cañón pequeño que tenía la hueste, por encontrarse el otro malogrado y no en la fortaleza grande del cerro Santa Apolonia.
En Cajamarca se reunían los tributos de la Costa norte, de la Sierra y de la Selva nor-oriental y los curacas y grandes sacerdotes de estas regiones distantes, acudían a esta ciudad para hacer sus sacrificios y dejar sus ofrendas en los templos importantes.
En cuanto a la nación local, es decir, los llamados Caxamalcas, esta colectividad poseía una tradición anti inca. Su conquista se había efectuado en tiempos relativamente recientes. Sabemos por Garcilaso que se trataba de «gente valiente y belicosa» y Miguel Cabello Balboa indica que un cacique joven como animoso, «que hizo en defensa de los Caxamarcas suertes maravillosas», resistió duramente al embate de los Incas.
El Inca por su parte, dejaba que los españoles avanzasen sin poner obstáculos ya que por informaciones de Sikinchara, los españoles eran unos hombres ladrones y haraganes y que sólo era necesario para derrotarlos muchas sogas para atarlos; cometiendo de esta manera un grave error en subestimar a las tropas invasoras y en creer todo lo que su capitán le informó (se referían a los caballos) y que portaban unas cerbatanas que soplaban fuego, con más estruendo que el inti-illapa o rayo (mosquetes y cañones). Además, traían unas macanas o cuchillos tan largos con que cortaban a un hombre de por medio».
A ENTREVISTA EN PULLTUMARCA (BAÑOS DEL INCA)
La entrevista en Pultumarca fue sumamente embarazosa  para los cristianos, una representación de 20 hombres a caballo, fue de Cajamarca a los Baños del Inca para entrevistarse con Atahualpa y formularle la invitación para que viniese a Cajamarca; aquí estaba preparada la trampa para asaltarlo, para capturarlo por obra de una traición, entonces 15 españoles  se quedaron en este lado del río y pasaron solamente 5, entre ellos estaba el Cronista Francisco de Jerez, que era hombre a caballo y él nos dice que los indios eran tan soberbios, que ni siquiera se volteaban a mirarlos; «pasaron el río al mando del capitán  Hernando de Soto, tuvieron que preguntar a través del intérprete Felipe de Tumbes, ¿dónde está el Inca?, porque somos mensajeros de nuestro Rey y queremos entregarle nuestro mensaje. Ante este pedido, un indio noble volteó y les dijo:   Está en su palacio, vayan a verlo allá, pero dicen que los indios estaban ordenados en escuadrones y los batallones de indígenas formaban calles, y que los 5 hombres a caballo pasaron sin ningún obstáculo. Entrados al palacio de Pulltumarca se dieron con una sorpresa inmensa, vieron que el emperador Atahualpa estaba en uno de los  rincones del patio sobre sus andas de oro que pesaban cerca de 300 kilos; con una indiferencia absoluta, Jerez dice que Atahualpa sentado sobre su litera no miraba de frente, tenía la mirada baja, Atahualpa miraba al suelo porque estaba en una profunda meditación como parte de un ritual de una celebración  del Huarachicu, que era la ceremonia de iniciación masculina de la virilidad, en esas fiestas que duraban dos semanas, los jóvenes aristócratas eran perforados en las orejas, rapados (si eran Hanan Cusco), peinados (si eran Hurin Cusco). Igualmente, se les untaba con sangre el rostro, lo más importante era que se les colocaba unos pañetes o zaragüelles con los cuales sujetaban los órganos de la virilidad y entre canciones y danzas recibían el vasto legado ético de la cultura Inca». Citado por (Juan Carlos Pilcón Caro, Cajamarca, Patrimonio histórico y cultural de las Américas, pág.136, 1ra. edición, 2004).  «El capitán Hernando de Soto se adelantó en su caballo y le presentó el saludo del Rey de España y del Papa, el capitán avanza un poquito más, saluda una vez y otra vez, cada vez más fuerte y se da cuenta que el Inca era un hombre joven, sí lo escuchaba perfectamente, pero no le daba la gana de responderle y de mirarle, entonces el capitán humillado, avergonzado frente a esta primera entrevista, desciende del caballo, se acerca caminando, estando muy cerca, saca la sortija de su dedo y le dice: ‘Inca, quiero regalarte mi sortija en prueba de cariño, de paz y de amistad’, y tal fue la indiferencia de Atahualpa que ni siquiera hizo el menor gesto de mirar la sortija y menos de recibirla. Cuando el capitán estaba en ese trance, avergonzado con su brazo estirado sosteniendo la sortija entre sus dedos, vino Hunanchullo, capitán de Atahualpa y él pretendió recibir la sortija en lugar de Atahualpa. El Inca sin mirar a los españoles, le dice a su asistente: ‘Hunanchullo dile a ese hombre que doy por aceptado su sortija pero que sepa, que yo no uso cosas ordinarias’. Y no recibió la sortija y ni siquiera miró a los cristianos, no hubo una respuesta para los españoles por un lapso de dos horas y ellos estaban desesperados este lapso de tiempo. Más tarde, preocupado Francisco Pizarro, porque tal vez  la embajada de 20 hombres a caballo podría  haber sido capturada y muerta envió a su hermano Hernando Pizarro con 20 hombres a caballo, pasaron el río; y Atahualpa tenía al indígena Maizavilca, que había sido enviado a Piura para observar el poderío bélico de los españoles y allá en Piura se había trompeado con el capitán Hernando Pizarro y al verlo llegar Maizavilca  a Pizarro, le dice al Inca: este hombre que llega es más importante que este otro, ambos son capitanes, pero éste es hermano del Jefe y a él sí puedes darle la respuesta, si tú quieres, y para darle la respuesta a Hernando Pizarro  no hablaba el Inca, Hunanchullo su asistente respondía las preguntas del español. Como no respondía  ni miraba a ningún cristiano, el capitán Pizarro se acerca al Inca y le dice: ‘Inca, pero nosotros queremos que tú mismo hables por tu boca y nos digas si quieres ir a Cajamarca para la cena que te estamos invitando o no quieres ir y ante este pedido, ante la súplica del español, él mismo en su carta escribe que recién el Inca levantó su mirada medio riéndose y le dijo muy desafiante: ‘yo sé que ustedes son muy mala gente, estoy informado que ustedes han robado muchas cosas de oro de los templos de la costa, yo iré mañana a Cajamarca a medio día porque estoy en ayunas y no debo interrumpir mi ceremonia, pero cuando llegue a la Plaza de  Cajamarca, ustedes deben tenerme todo puesto allí lo que me han robado para devolverme porque si no me devuelven los mato a todos; ésta fue la respuesta del Inca, donde está esa versión que difunde el Dr. Juan José Vega, que los indios eran dioses y se humillaron y se corrieron de miedo, porque los caballos y  los jinetes eran una sola pieza y por eso se dejaron vencer y al fin y al cabo los españoles  le informan a Pizarro y llegan a la conclusión de que ellos se habían metido a un gran abismo, que ellos solamente esperaban la muerte, porque estaban tan lejos del mar y no podían escapar, por eso Pedro Pizarro que era solamente un niño y sólo tenía 15 años de edad, dice que esa noche no durmieron y que al día siguiente vieron la procesión, el avance del Inca con su séquito, ellos sólo esperaban la muerte y dice él que la angustia y el temor era tanto a tal extremo yo vide que muchos de mis compañeros se orinaban de temor, sin darse cuenta y a otros les daba el mal de cámaras, es decir por la angustia se les aflojó los esfínteres y los españoles se estaban orinándose en sus pantalones», eso dice Pedro Pizarro en su libro «Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú», cuando llegó el Inca al día siguiente a Cajamarca con una masa de indígenas nobles, todos mareados.
Atahualpa quedó satisfecho con el resultado de la entrevista de los Baños, a causa de la aparente sumisión de los jefes españoles, quienes inclusive se habían ofrecido como servidores. Se fortaleció con ello su errada convicción en la debilidad de los aventureros; impresión que fue reforzada por el menosprecio que el Inca sentía por los indios costeños que respaldaban a los hispanos. Minusvaloración semejante le debieron merecer los indios nicaraguas a través de las referencias que de ellos tenía. En cuanto a los negros, no los consideraba en nada.
Pero estas ideas no estaban tan afianzadas. Los nobles se reunieron con Atahualpa hasta muy tarde esa noche para discutir el modo como tratarían a los invasores. Los que recién habían sabido del ímpetu de los caballos estaban impresionados. Atahualpa incluido – comprendía la evidente confianza en sí que ostentaban los barbados visitantes, como si un oculto poder los protegiera.
Con todo, el Inca tenía decidido concurrir a Cajamarca para castigar a «los ladrones». Temía que huyesen sin poderles dar su merecido. Por eso, «aquella misma noche despachó veinte mil indios, con muchas sogas, que tomasen las espaldas a los españoles y secretamente estuviesen para cuando huyesen facilitasen en ellos y los atasen, creyendo que al otro día, vista la mucha gente que llevaría, todos se habrían de huir». Tal cuenta el propio primo de Francisco Pizarro, el soldado cronista Pedro Pizarro, joven actor de aquellos hechos.
Rumi Ñahui (quien no aprobaba el plan) recibió una orden concreta: «que guardase las espaldas a los españoles y matase a todos los que volvieran huyendo». En tal sentido, este guerrero debía rodear Cajamarca ubicando sus tropas en las afueras de la ciudad, copando el camino hacia la costa.
Atahualpa ideó así una trampa humillante. Según la Crónica Rimada, escrita por un compañero de Pizarro, fue:
                 Teniendo detrás del pueblo celada,
                 Porque tenía la cosa pensada,
                 De suerte que nadie pudiese escapar.
El Inca dejaría que los españoles, esos «salteadores barbudos», ingresaran a la ciudad y que se aposentasen. Una vez allí, se les presentaría con enorme cortejo y esplendor; pensaba el soberano quechua que, ante su presencia, los intrusos, fugarían despavoridos tratando de alcanzar el camino por donde habían llegado. Entonces, como en un juego, «los pensaban tomar a manos» (Zárate: 1555, Lib. II, cap. 3º). Los que lograsen huir de la plaza, tal vez la mayoría, serían capturados por Rumi Ñahui, invencible militar que, con los cinco mil hombres del ejército, como dice Cristóbal de Mena (1534), se colocaría en las vecindades de la ciudad con especial encargo de coger vivos a los malandrines. Sería – casi todos lo creían – una caza fácil y divertida, un gran chaco humano; un entretenimiento que vendría a compensar al Inca de los disgustos que esos forasteros malhechores le habían ocasionado.
Las huestes incásicas eran realmente temibles. Francisco de Jerez (1534), describe así a los soldados incaicos: «muy diestros y ejercitados en la guerra y son mancebos y grandes de cuerpo que sólo mil de ellos basta para asolar una población de aquella tierra, aunque tenga veinte mil hombres». Poseían, además, un ciego optimismo, fruto de sus muchas victorias cuando las campañas de Huayna Cápac y más tarde con motivo de la guerra civil contra Huáscar Inca. Nadie entre ellos creía que los españoles pudieran intentar alguna resistencia. Tal cosa no era concebible.
Esa misma noche, Atahualpa despachó hacia Cajamarca al tan mentado Sikinchara, su hombre de confianza; la misión de éste era nuevamente la de vigilar e informar.
Rumi Ñahui seguía desconfiando; sin embargo, solamente era un yana. Tenía que obedecer a los orejones. Al Inca de sobremanera.
Los orejones de mayor rango discutían sobre la muerte que habrían de sufrir los españoles. Algunos pidieron que se les adjudicase un número de ellos como siervos yanaconas personales: «para servirse de ellos como esclavos». No pocos hispanos serían reservados como eunucos para el serrallo imperial. Se solicitó, finalmente, que todos los caballos fuesen sacrificados al Sol.
La confianza era tan grande que uno de los adalides de la guardia del Inca aseguró que sólo «con doscientos indios que le diese se los ataría a todos». Esos veteranos de cien combates, ufanamente, creían que «los cristianos no eran hombres de guerra». Aún más, Sikinchara, vanidoso como siempre, antes de partir había llegado al extremo de sostener fanfarronamente ante Atahualpa: «No envíes [que] vengan, porque a mí sólo me han [tienen] miedo». Se atrevió, eso sí, a rogar al Inca por la vida de tres españoles: «no has de matar a tres de ellos […] el herrador, el barbero que hacía mozos a los hombres y a Hernando Sánchez Morillo, que era gran volteador [domador]». Reflejaba esta petición el asombro de la sociedad indígena ante algunos signos de Occidente: el hierro, los afeites y la doma de potros.
En medio de tal optimismo, de plena confianza en el poder bélico de su ejército, no es de extrañar que de inmediato se enviara a Rumi Ñahui. El fogoso plebeyo había alcanzado el generalato con sus hazañas, era bravo y disciplinado, pero pese a eso y a la posibilidad de lograr el lauro de capturar a los españoles, no estuvo de acuerdo con el plan de ataque. Sin embargo, sus soldados marcharon al encuentro de los españoles armados sólo «con ayllus [boleadoras] que es un arma para prender con cierta arte de nudos y cuerdas; para que no escapase ninguno». Este testimonio que brinda Cieza de León, es confirmado por varias otras relaciones de la Conquista del Perú, las cuales remarcan, también, la confianza ciega de Atahualpa.
Por otra parte, las preocupaciones de Atahualpa seguían concentradas en lugares muy distantes. Aquel puñado de salteadores barbudos y de origen desconocido, poco le importaba en realidad. Sus ansias estaban puestas en la suerte que estarían corriendo sus ejércitos en el sur del Tahuantisuyo. Atahualpa sabía que a esas horas estaba jugándose en algún lugar próximo al Cusco la suerte del trono incaico. La ofensiva lanzada por sus generales contra los restos de las huestes del capturado Huáscar Inca debía estar llegando a su fin. Con mucha inquietud, Atao Huallpa aguardaba los chasquis que le trajeran las esperadas noticias de la toma del Cusco.
LOS PLANES ESPAÑOLES
Tras la entrevista en los Baños de Cúnoc, Hernando Pizarro y Hernando de Soto retornaron a Cajamarca al frente de sus columnas de jinetes.
Ambos confirmaron a Pizarro la dificultad que implicaba un ataque a los Baños de Cúnoc, a causa de ser sitio cercado, con canales y estanques, donde no podría cargar la caballería. Luego describieron el esplendor de la Corte y la calidad de las tropas. Por último, informaron que el Inca había aceptado la invitación a comer formulada por el Gobernador y que iría al día siguiente; por lo menos esto fue lo que dijo el atemorizado intérprete Felipillo, que conocía muy poco el quechua.
Contra lo indicado por Atahualpa, el Gobernador decidió instalarse en la plaza principal de Cajamarca – o sea, en los aposentos reales – y aguardar allí el día siguiente, por lo cual Atahualpa «se enojó bravamente contra ellos». Esa noche, los castellanos velaron en pie, temerosos de un sorpresivo ataque incaico. Aún ignoraban que en el Antiguo Perú jamás se combatía de noche; costumbre que, a la postre, habría de ser funesta para las huestes incaicas.
Los cristianos pasaron con bastante incomodidad aquellas horas, los jinetes hacían rondas permanentes. Nadie pudo dormir; ensillados los caballos y alerta la gente. El padre Valverde dio la confesión a muchos. De toda esta audacia inaudita estaban espantados los indios auxiliares de los españoles. Sus mujeres, indias costeñas y nicaraguas, lloraban a gritos prediciendo el fin de sus compañeros, de los españoles y de ellas mismas. Así amaneció, en medio de la zozobra general.
EL ASALTO A CAJAMARCA - (ERROR FATAL)
Atahualpa cometió el error que lo perdió: decidió cercar de una vez a los españoles con las fuerzas de Rumi Ñahui. Éste se opuso a semejante plan, sin poder variarlo.
Algunos de los capitanes incaicos belicosos o fanfarrones, compartieron el optimismo reinante, volviendo a solicitar licencia para llevarle «atados a los españoles, pues estaban escondidos». Mas el Inca no quiso dar esa orden, prefiriendo tomar en sus propias manos la grata tarea de hacer fugar a los intrusos de la plaza para luego presenciar su captura y muerte en los alrededores de la ciudad, como divirtiéndose. Para cumplir ese objetivo – juzgaba el Inca, bastaba su temible fama, su presencia altiva y el séquito que lo acompañaba. Y trazó enseguida el operativo a seguir por las tropas que hasta ese momento lo acompañaban. Hernando Pizarro – capitán general de los españoles y hermano de Francisco – es quien cuenta lo siguiente sobre esa fatal decisión en su famosa crónica: «dejó allí la gente con las armas e llevó consigo hasta cinco o seis mil indios sin armas, salvo que debajo de las camisetas traían unas porras pequeñas, e hondas e bolsas con piedras». Dentro de este cortejo figuraban mil barredores que iban limpiando el camino por donde habría de pasar Atahualpa, tres grandes comparsas de bailarines y cantores, y turnos de yanas, cargadores de andas. Por ratos entonaban himnos, nada tranquilizadores, de guerra y de exorcismo. Los barbudos esperaban en sus escondites, pero su paciencia desfallecía, porque las marchas de los naturales eran tan lentas, para recorrer el último tramo de dos kilómetros de camino, tardaron más de dos horas y, antes de ingresar en la plaza, se detuvieron, por última vez, para rendir homenaje al monarca y para brindar bebidas, antes de verse con los españoles. En este momento, el ebrio Atahualpa pudo cambiar su destino, pero no pensó en el asalto preparado por los cristianos.
A las cuatro de la tarde del 16 de noviembre de 1532, cuando faltaban dos horas para la puesta del sol, escuadrones de naturales, cantaros ocupan la plaza de Cajamarca, desplazándose a los costados para facilitar el ingreso de los que venía detrás.
La gente que portaba grandes porras, de metro y medio de largo, la que ostentaba filos cortantes, y los escasos flecheros quedaron fuera. Atahualpa se empeñó en dejar lejos de la plaza a los que notoriamente traían armas, lo cual confirma que aparentando cumplir una promesa, anhelaba coger de sorpresa a «los malhechores», haciendo como que acataba el pedido que le habían formulado el día anterior: ir sin armas, con total menosprecio por los raros intrusos.
Otros dos de los más antiguos documentos sobre la Conquista española procedentes de veteranos de Cajamarca confirman esta infortunada decisión del Inca. La Relación Francesa (1534) señala que «a estas gentes que estaban sobre los campos, según se supo después, les había encomendado que una parte de ellos fuese a ponerse en emboscada en una parte de la ciudad de Cajamarca, a fin de cuando él se acercara a la ciudad, si los cristianos quisiesen huir, fuesen encerrados por todos los lados; y le parecía que los tenía ya en la mano». La Crónica Rimada (1540), apunta que allí Atahualpa «ordena una celada detrás de Cajamarca». La suerte estaba echada. . . por un exceso de confianza.
Valverde – a través del intérprete Martinillo – intentó una excusa: que el robo lo habían cometido «unos indios sin que el Gobernador lo supiese», agregando temeroso que «Dios ordena que nos amemos». La palabra Dios movió la curiosidad de Atahualpa, puesto que evidentemente el fraile no se refería a Viracocha ni a ninguna guaca. «¿Quién es ese Dios?, preguntó». Valverde respondió confusamente, hablándole de Cristo, del Papa y del Rey de España. Las traducciones de Martinillo, el tallán, fueron bastante defectuosas. El Inca «oídlo como cosa de burla». La respuesta sobre su reino y el Papa fue tajante: «Debe ser loco puesto que da lo que no es suyo». Expresó, asimismo, que él creía en el Sol «que no moría nunca».
Valverde (a quien el Inca debió ver como un brujo mayor) replicó que toda la verdad la decía el Evangelio, «este libro». Atahualpa miró el raro objeto con aprehensión, puesto que no dejaba de temer algún hechizo. «¡Qué sé yo lo que me dais allí!» le dijo, pero lo cogió. Le costó trabajo abrir las hojas, y golpeó a Valverde cuando quiso ayudarlo. Pero rápido se decepcionó; el objeto no hablaba nada, no era como sus oráculos. Temiendo maleficios e iracundo «con el rostro muy encarnizado», arrojó lejos esos Evangelios, violentamente.
Lo que gritó Valverde no se sabe con precisión, porque existen numerosas y divergentes versiones de sus palabras, aunque todas tienen un denominador común: la invectiva contra el señorío de Atahualpa. Valverde llamó al Inca «lleno de soberbia», «Lucifer»; demandó «venganza» y a fuertes voces pidió atacar.   
En esto quedó todo el aparato jurídico del Requerimiento, jerigonza teológico-jurídica con que se pretendió justificar la agresión contra los señoríos andino - americanos.
Mientras tanto Atahualpa, de pie en sus andas, dictaba órdenes en alta voz, disponiendo que se atrapase a todos los pumaranras, bandidos salteadores.
Luego, a gritos, volvió a exigir que le devolvieran de inmediato todo lo robado. La exigencia terminó en amenaza: «ya sé quién sois vosotros y en lo que andáis». «Bellacos, ladrones, les voy a matar a todos».
No sabemos si Martinillo tuvo ánimo y tiempo para traducir la amenaza porque, mientras lo hacía, Atahualpa se paró en sus andas «y algo gritó de querer matar a los españoles». Las palabras habrían sido: «E, que no escape ninguno» y «un alarido puso gran temor en los cristianos».
Para esto, Valverde ya corría, levantada la sotana, soltando el crucifijo. Fue donde estaba Pizarro mientras Martinillo recogía de prisa los Evangelios, corriendo en seguida tras el capellán.
Pizarro, «como persona que por más de veinte años había militado en las Indias, sabía que la victoria consistía en apoderarse de las personas de los señores». Así, «como un sayo de armas, una espada, una adarga, una celada y con los 24 que estábamos con él, salimos a la plaza y fuimos derecho a las andas de Atahualpa, haciendo calle por la gente». Sobre las otras andas y hamacas cargaron los demás jefes españoles allí presentes —Hernando Pizarro, Hernando de Soto y Sebastián de Benalcázar.
Los yanas desarmadas, que tenían el honor de conducir en litera imperial a Atahualpa, no lo abandonaron. Todos los testimonios coinciden en rendir homenaje a su ciega bravura. «El gobernador llegó a sus andas—recordaba Cristóbal de Mena—, aunque no le dejaban llegar: que muchos indios tenían cortadas las manos y con los hombros tenían las andas de su señor». Extraño combate en el cual los orejones apenas si pusieron sus cuerpos como toda arma contra los tajantes aceros castellanos. Con tan poco temor de la muerte que, aunque se estuvieron matando dos días se juzgó que no faltara quién entrara a tomar las andas. No podían derribar las andas, «que, aunque mataban a los indios que les tenían, se metían luego otros de refuerzo a sustentarlas». Apenas era muerto uno cuando en lugar de él se ponían otros muchos a mucha porfía». Pugnaban, pues, por morir en defensa de su monarca.
Atahualpa, también se defendía sobre su litera, el topayauri de oro fino debió volar en pedazos al chocar con el acero de los soldados españoles. Siguió defendiéndose solamente con sus puños, pues la consigna de tomarlo vivo impidió que fuese asesinado. Las lujosas vestiduras fueron arrancadas totalmente. Pizarro llamó a unos ocho hombres a caballo para que abriesen una brecha entre los cargadores de las andas, mientras los de a pie se cogieron de uno sólo de los lados para voltearla.
El Alférez Alonso Romero, quien portaba el estandarte real de la conquista, «hombre de regulares fuerzas», que siempre estaba al   lado de Pizarro, alentando a sus compañeros con la enseña de Carlos V, el Rey de España, soltó el estandarte y dando un salto por encima de sus compañeros, logró coger al Inca de su larga cabellera y al fin el hijo del Sol caía al suelo.
Varios otros españoles se abalanzaron a cogerlo y el Gobernador tomándolo del brazo lo condujo a un aposento de piedra, donde fue recluido bajo estricta vigilancia.
El Gobernador en su alojamiento de piedra, preguntó al Inca por qué estaba triste y pensativo; que no se acongojase, porque los cristianos no eran malos y hacían guerra sólo a los que la buscaban. Que habían pasado por muchos territorios sometiendo a más grandes señores al dominio del Rey Carlos V; el señor del Universo, quien los había enviado para hacerles conocer su santa Fe católica y que debía declararse vasallo de su Majestad.
Simultáneamente habían muerto acuchillados en la plaza de Cajamarca el gran señor étnico de Chinchaysuyo, también Sikinchara (uno de los grandes culpables de esta debacle) y otros jefes más, aparte de muchos curacas.
Todo esto sucedió el 16 de noviembre de 1532, aproximadamente entre las cinco de la tarde y el anochecer.
El fraude, la mentira, la traición, el engaño, el soborno, la lujuria, la criminalidad y la servicia; eran las virtudes de los españoles, sin las cuales no habría sido posible la invasión total de este país.
LOS YANAS – GENERALES
La captura del Inca no significó la de sus hombres de guerra más importantes: Quízquiz, Challco Chima, Yucra Guallpa y Chaicari. Todos ellos, empeñados en la culminación de la guerra contra Huáscar, se hallaban en el Cusco o en sus alrededores.
En cuanto a Rumi Ñahui, hay que decir que Atahualpa, en cierto modo, lo había salvado, enviándolo en misión a los cerros de Cajamarca «para atrapar a los cristianos cuando huyesen».
Ahora bien, todos aquellos yanas – generales debían fidelidad absoluta al Inca, pues por ser yanas le pertenecían. Eran de él, pero estaban disconformes por la forma en que Atahualpa había conducido los sucesos de Cajamarca. Sin duda, estimaban que lo sucedido se debía a la increíble presunción, a la soberbia inaudita del Inca y sus cortesanos.
LA DESERCIÓN DE RUMI ÑAHUI
«Atónito con los lazos, de ver tan impensado acontecimiento quedó el General Rumi Ñahui, a quien Atahualpa había encargado que se colocara en las afueras para capturar a los españoles que pudiesen fugar de la plaza de Cajamarca.
Resulta factible deducir las razones por las cuales aquel general cuzqueño, el temible Rumi Ñahui, no atacó Cajamarca para rescatar al Inca. Quizá lo creyó muerto, en vista del encarnizado combate alrededor de las andas ceremoniales, o creyó que estaba preso el Inca, sería asesinado por los españoles si es que él avanzara sobre la ciudad. Por otra parte, casi ni armas tenían pues—como se lo ordenaron—solamente había llevado sogas y boleadoras para hacer chaco o cacería con los españoles para diversión del Inca y de la Corte. Tal vez, el propio Inca temió darle armas en esa ocasión decisiva, desconfiando de un plebeyo encumbrado a la jefatura de la guarnición de Cajamarca.
Por otro lado, se sabe que ese fogoso guerrero nunca había sido de parecer que recibiesen paz de los españoles y se fiasen de ellos y que, sintiendo lo que dentro de Cajamarca pasaba, desairado de que no le hubiesen creído, se fue huyendo con toda su gente al Señorío étnico de Quito, para apercibir lo necesario contra los españoles». Así lo cuentan los viejos Cronistas, y datos hay en que había llorado de rabia el día anterior en los Baños de Cúnoc, al permitir Atahualpa que se retiraran vivos Hernando Pizarro y Hernando de Soto, a quienes él pidió matar en el acto.
Rumi Ñahui, de modesto origen, «indio tributario» al decir de Guaman Poma, pertenecía al poderoso estamento de los yanas – guerreros, que tanto se desarrolló en las postrimerías del Tahuantinsuyo. Es posible que indignado ante el culpable orgullo de Atahualpa –causante de la catástrofe– decidiera abandonar la causa de los Incas. De hecho, se convirtió algo después en virtual rey de Tumebamba. Y más tarde, libró varias batallas contra los castellanos y sus aliados los indios cañaris. Para ello, aplastó a todos los orejones que se le opusieron, ya fuesen del Cusco o de Quito.
Todo parece indicar que formó entonces un gobierno de base más amplia, menos aristocrática.
LA OFERTA DEL RESCATE
Notando la mortandad de los orejones, Atahualpa se preguntaba, porqué lo dejaron vivo, si era tan fácil matarlo, como asesinaron a otros señores. Nadie hablaba de la muerte del Inca y no había inicios de su eliminación inmediata. Pizarro fingía una gran amistad y respeto por el prisionero. La promesa de liberarlo era el argumento para extorsionarlo y al tenerlo vivo, tendría en sus manos el oro del Tahuantinsuyo. Al día siguiente de la captura cuando cenaban juntos Pizarro le dijo al Inca, que podría dejarlo en libertad si le diese oro para el Rey de España y para sus compañeros. Atahualpa respondió que sí lo dejase libre, podría darle una buena suma de oro y plata. Preguntó el Gobernador, qué tanto de oro podría dar a los españoles. El Inca se puso de pie, y levantó la mano, señaló con los dedos que, hasta ese límite, la casa en que se hallaba, sería colmado con vasijas de oro; y las dos casas contiguas, con vasijas de plata. Los cristianos quedaron estupefactos con la oferta de tan potentosa riqueza. Ningún español podía imaginar que Atahualpa pudiese traer tan grandes tesoros, que de sólo escuchar la promesa los barbudos quedaron maravillados. Betanzos dice al respecto; «porque la virtud y gran magnificencia del Marqués era grande y como lo tuviese preso, dígale al Inca que le diese cierta casa llena de oro y plata, hasta una señal que le señaló en ella, y que le soltaría; y como oyó el Inca al Marqués que le soltaría, respondió Atahualpa y dijo: que la hincharía de oro y plata mucho más arriba de aquella señal, señalándole otra señal  más arriba de la que el Marqués le señaló y el Atahualpa juntó e hizo juntar el oro y plata que dijo…» Betanzos: Suma y  Narración  de los Incas…. 2da parte. P. 283)
Confirma este hecho que fue una vieja costumbre europea y no americana, exigir rescate con el fin de pagar a los soldados que llevaban. Así Hernán Cortés lo utilizó en México y más tarde el mismo Pizarro lo ejecutará en la Isla Puna, Piura, Cajamarca y posteriormente con Villaoma y Manco Inca en el Cusco (según Edmundo Guillén G. y Diego Inga Mocha).
Cristóbal de Mena dice, refiriéndose a la oferta del rescate: «ya que el cacique mostraba estar contento, dijo al Gobernador, que bien sabía lo que ellos buscaban. El Gobernador le dijo que la gente de guerra no buscaba otra cosa sino oro para ellos y su señor emperador. El cacique dijo que él les daría tanto oro como cabría en un apartado que allí estaba, hasta una raya blanca que allí estaba, que un hombre alto no llegaba a ella con un palmo; y sería de veinticinco pies de largo y quince de ancho. Pregúntale el gobernador que cuánta plata le daría, el cacique dijo que traería diez mil indios: y que harían un cercado en medio de la plaza, y que lo henchiría como antes estaba. El gobernador se lo prometió con tal que no pusiese traición y preguntándole que ¿en cuántos días traería aquel oro que decía? Él respondió que en los cuarenta días siguientes lo traería.
Jerez, el cronista oficial de la invasión, calcula que la sala tendría 22 pies de largo y l7 de ancho, la cual daría «llena hasta una raya blanca y que está a la mitad del alto de la sala, será lo que dijo de altura de estado y medio… y que esto cumpliría dentro de dos meses».
Pedro Sancho redactó ese documento, porque los españoles le pidieron al Inca que dentro de los 50 que sabían leer y escribir escogiese a uno, como su apoderado para que firme ese documento en su nombre y cuando el Inca dio una mirada a todos los españoles letrados, dijo que no había entre los españoles letrados un digno de su representación, pero como tenía que escoger de todas maneras escogió al capitán Hernando Pizarro. Él firmó ese documento en nombre de Atahualpa, entonces el Inca quedó comprometido a cumplir con ese rescate, bajo documento con carácter legal, jurídico. En el lugar donde correspondía al Gobernador y capitán general Francisco Pizarro, por ser analfabeto, su nombre fue escrito por el secretario y aquél solamente ponía «su señal», que era un garabato que solía trazar a manera de rúbrica, con varios lazos entrecruzados a ambos lados de las letras.
Terminado el documento, el escribano Pedro Sancho, leyó su contenido, en voz alta; el traductor hacía entender al Inca todo lo que se leía. Se le preguntó si estaba conforme con la escritura y dijo que sí. 
Y Así, Atahualpa, propuso llenar aquellas casas con vasijas, tinajas, vasos, y otras cosas enteras y que los cristianos no deberían ni aplastar, ni romper aquellos objetos. Dos cuartos de plata y uno de oro.
EL CUARTO DEL RESCATE

El Cuarto del Rescate es la tradición palpitante de Cajamarca, animado por el espíritu de su pueblo que encierra, junto con la visión de sus hazañas y fracasos de sus empresas más decisivas, la sugestión inagotable. Es un recinto de mampostería que data de la época Inca, de 11,80 m. de largo por 7,95 m. de ancho en su base y 3,10 m de alto en la parte externa. Se ubica en el Jr. Amalia Puga Nº 750. Sus paredes o muros construidos íntegramente de toba volcánica (cantería), se asientan directamente sobre la superficie de cantería sin cimientos, mostrando interiormente cierta inclinación que lo define de forma trapezoidal.
La estructura de sus paredes está constituida por piedras poligonales de tamaño diverso, trabajadas en todas sus caras, dispuestas en hiladas aparentemente rectas, que forman todo el ancho de las paredes. Su trabazón, debido a la naturaleza deleznable de la toba, no es tan perfecta y lineal como la arquitectura del Cusco. Actualmente las paredes presentan de 5 a 6 hiladas de aproximadamente 8 a l3 elementos en los paños mayores y 7 a 11 elementos en los menores.
Los tres vanos de acceso frontales que presentaba el recinto antes de su restauración, han sido adulteraciones tardías, no así el vano lateral izquierdo que sí corresponde a la puerta original. Además, en el interior se destacan 10 hornacinas trapezoidales; dos en la pared sur, tres en el oeste, cuatro en el norte y una en el este. El muro tiene una altura promedio de 3,023 m., siendo en sus esquinas externas del lado sur de 3,20 m a la altura del vano central. Especialmente, ninguna de las esquinas externas del cuarto presenta evidencias de amarre a otros muros, lo que daría la apariencia de una estructura aislada.
Al observar los muros del famoso recinto, en su parte interior hay huellas de una pared, también de mampostería, que fue levantada con seguridad después de 1615 para dividirlo en dos, fue así que lo encontró Montesinos. El Cuarto del Rescate debió permanecer dividido por algún tiempo, pero en 1778 cuando lo visitó Cosme Bueno lo halló ya despejado. Sospechamos que antes de Cosme Bueno todos quienes dan las dimensiones de la habitación debieron calcular muy a groso modo y que el primero en ofrecer una medida exacta, fue el célebre Cosmógrafo Mayor de Indias,  Con él van a coincidir después Antonio de Alcedo (l786); Ignacio de Lecuanda (1770), Tadeo Acnés (1830), Juan Alvarado (l833); Martínez Compañón (1784), señala  14,5 varas de largo y 3,5 de alto, pero no se refiere al ancho; Mariano Felipe Paz Soldán (1862) consigna 22 pies de largo por 17 de ancho; y Middenfort  (1887) calcula 17 pasos de largo por 13 de ancho y entre 11 y l2 pies de altura.
Sin mayores dudas y pese a las diferencias que sobre sus dimensiones consignan los distintos autores, se trata del mismo recinto donde, señala la tradición, estuvo el Inca Atahualpa y ofreció llenar de oro como precio de su rescate. Hay en las referencias una continuidad evidente, las diferencias en las medidas se deben a la variedad de las estimaciones hechas en un principio a ojo de buen cubero, pero coincidentes cuando fueron efectuadas con mayor precisión. Hay que tener en cuenta también que unos debieron hacerlo por dentro.
En cuanto a las características que presenta actualmente, se trata de una construcción de evidente manufactura incaica, hecha con piedras bien labradas y unidas con fina argamasa de arcilla. Tiene de largo, de acuerdo con el levantamiento efectuado por el Ing. Ricardo Alfageme, 10 m por 6,20m. en su parte interior y 11,80 por 7,50 en sus lados exteriores. Pese a que el recinto no presenta evidencias de amarre con otras estructuras y puesto que los muros que lo circundan se elevan inclinándose hacia el interior y le dan toda la apariencia de una construcción aislada, pudo formar parte de un conjunto más amplio, cuyas características se han perdido al menos superficialmente.
 
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