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IGLESIA BELÉN

La iglesia y hospitales de Belén como en la actualidad se les conoce, originalmente se establecieron bajo la denominación de HOSPITAL DE NUESTRA SEÑORA DE LA PIEDAD DE LA VILLA DE SAN ANTONIO DE CAJAMARCA.
En efecto es probable, que después de establecida la reducción de indígenas de Cajamarca, en 1570, como parte del progresivo equipamiento urbano colonial, también se estableciera el hospital en la última década del siglo XVI, por iniciativa de los primeros españoles que venían radicándose en Cajamarca, agrupados bajo la denominación LOS HERMANOS VEINTICUATRO DE LA HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA PIEDAD. Constituidos, efectivamente, por veinticuatro españoles de Cajamarca, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad» para la curación de indios, como españoles, mestizos y otros cualquier género de personas que necesitar en».
Se encuentra ubicada hacia el sur oeste de la ciudad de Cajamarca, en el jirón Belén, en la sexta cuadra, sobre terrenos que pertenecían a los caciques de Cajamarca. Está conformado por la Iglesia y los Hospitales de hombres y mujeres, conocidos antiguamente con el nombre de Hospital de Nuestra Señora de la Piedad, que ocupa un área de 6560 m2 y está construida de piedra volcánica.
Todo el conjunto está labrado en cantería, que es el nombre que se le da a la roca volcánica, que también conforman el suelo sobre el que se ha edificado Belén.
El conjunto que fue edificado y administrado hasta mediados de 1850, pasó a poder de la Compañía Bethlemítica. Esta orden fue fundada en Guatemala por el hermano Pedro de San José Betameur, el año 1670, teniendo como misión exclusiva la administración de hospitales en las colonias del nuevo mundo. En 1850, pasó a poder de la Sociedad de Beneficencia Pública de Cajamarca y una parte fue ocupada por la gendarmería de la ciudad. En 1876, la Congregación de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, tomó a su cargo los hospitales, fusionándolos en 1878 en el edificio del Hospital de hombres y destinado el de mujeres a la Escuela de Belén, uso que se mantendría vigente hasta 1973, en que el conjunto fue transferido al Instituto Nacional de Cultura por Decreto Ley 20018. Este hospital se halla separado por el Jr. Junín y el Jr. Belén. Una escalinata muy sobria nos conduce a la portada de acceso. Exuberante ornamentación a base de flores, pámpanos, racimos, pájaros y ángeles cubren literalmente las estructuras de esta portada en las que destacan las dos columnas salomónicas que flanquean el vano de la puerta. Sobre éste, en el friso, vemos dos cariátides de cuatro senos que limitan el frontón donde nuevamente aparece el escudo de la Orden.
IGLESIA BELÉN
En Cajamarca, la palabra Belén tiene un significado especial en el que se mezclan: DEVOCIÓN porque en su templo se ha estremecido el misticismo de innumerables generaciones; GRATITUD de quienes salieron de sus recintos con la salud recobrada y de aquellos que gozaron del amparo de sus muros o aprendieron a leer y escribir allí; ADMIRACIÓN por el hábito creador de sus artífices; y ORGULLO PORQUE es la cincelada joya que corona su vieja ciudad.
Fue construida en 1699, bajo la dirección del arquitecto Joseph Morales Ayala, que concibe su proyecto orientando su objetivo no solamente a la iglesia, sino también al hospital de la villa; que hoy admiramos, pues así quedó el año 1744.  Al principio, la cantería fue extraída de las proximidades del mismo hospital, pero agotada la piedra en tales aledaños, Fray Juan José pidió lugar en la cantería del cerro de Santa Apolonia, en escrito presentado el 26 de mayo de 1727 ante Don José de Apaéstegui, alguacil mayor del corregimiento. El 27 de mayo de 1727, Apaéstegui otorga posesión de una parte de la cantera a los hermanos de Belén. La obra continua con mucho entusiasmo hasta que se ve interrumpida en l739, por el célebre pleito surgido entre Bethlemitas y Franciscanos.
El frontis de la iglesia está compuesto de tres partes: la base de las torres a los costados y la portada al centro; las primeras están definidas por muros lisos que rematan en frisos adornados con rombos en relieve, y sobre el muro izquierdo vemos el primer cuerpo de una torre inconclusa cubierto de los mismos rombos. La gran portada labrada como un gran retablo consta de tres cuerpos:
En el primer cuerpo, dos pares de columnas salomónicas, a uno y a otro lado de la puerta, hacen marco cuatro hornacinas con esculturas de santos fundadores de importantes órdenes religiosas: de arriba a abajo, lado izquierdo: San Agustín y Santo Domingo de Guzmán; a la derecha, en el mismo sentido: San Pedro Nolasco y San Francisco de Asís. Sobrepuestos a las hojas de la puerta, sendos medallones calados representan el escudo de la Orden Bethlemita que construyó este monumento, en las cuales vemos las tres coronas de los Reyes Magos y la estrella de Belén. Este motivo se repite de inmediato sobre el arco que está sostenido por dos ángeles.
En el segundo cuerpo, hay la misma disposición de las columnas salomónicas, pero tan sólo dos hornacinas con las estatuas de San Ignacio de Loyola a la izquierda y San Juan de Dios, al otro lado. Al centro sobre la cornisa, una gran venera y encima de ella un ventanal cuadrilobulado; ambos son elementos de notable efecto decorativo y de significado religioso.
El tercer cuerpo, carece de columnas, en cambio las 3 hornacinas, cuyas concavidades presenta el tema de la venera, están envueltas por floridas archivoltas: la hornacina central simboliza la Sagrada Familia, y en los nichos adyacentes están representados San Joaquín y Santa Ana.
Una gran cornisa ondulada y sobre ella las esculturas de las 3 virtudes teologales que resume todo un planteamiento místico y funcional de este extraordinario conjunto arquitectónico: la fe, al centro, vendada («Fe Ciega») y con un cáliz en la mano; la Esperanza - hacia nuestra izquierda – con su simbólica ancla; y en el extremo derecho, la Caridad con un niño en los brazos; esto significa que había que llegar aquí con Fe y Esperanza para recibir Caridad. Según se ve en las inscripciones grabadas en los pedestales de las imágenes de la Fe y la Caridad, que coronan el frontis monumental, a la letra dice «Acabose esta Iglesia el l8 de mayo de 1744». Por lo tanto, la edificación de esta iglesia duró aproximadamente 45 años.  
 Al ingresar al templo nos encontramos en un ambiente muy distinto al de las otras dos grandes iglesias cajamarquinas, la Catedral y San Francisco, que tienen tres naves y poco o ningún adorno escultórico o pictórico. Aquí la arquitectura nos impresiona de inmediato, por la proliferación de relieves predominantemente geométricos y otros de inspiración vegetal. En el primer caso, son rombos tallados como diamantes que, en hileras, suben por las pilastras, voltean sobre los arcos fajones y luego corren a lo largo de los frisos combinándose con flores estilizadas y hojas de acanto. Estos motivos vegetales adquieren mayor énfasis en las dos grandes ventanas laterales, bajo la cúpula. De trecho en trecho, pequeños rostros alados de querubines ponen una nota de gracia ingenua, sobre todo en la franja que corre en lo alto y a lo largo de toda la bóveda donde se alternan con los ya clásicos rombos.
Pero detengámonos por un momento bajo la bóveda del coro con su estupendo arco rebajado y su franja de querubines y flores: sobre la izquierda, el ingreso a la pequeña capilla de Santa Bárbara cuyo vano está enmarcado por una portada cubierta de rombos y coronada por una venera, ya que en este ambiente fue proyectado como bautisterio. Su puerta es de cedro de Nicaragua. En la actualidad, esta capilla luce la cantería «cara vista», pues ha sido removido el estuco que, siguiendo el modelo de la iglesia, tenía sobre los muros y la ornamentación escultórica.
El pequeño altar, labrado en la misma piedra, presenta un nicho central el que da a una urna con reliquias de San Sebastián Tercero, según consta en un acta que se guarda en el Obispado. La imagen del mártir San Sebastián, que no corresponde a las reliquias, está en el nicho de la izquierda; y al otro lado se encuentra la de Santa Bárbara portando su simbólica torre. En las pechinas vemos cuatro ángeles labrados, similares a los de la fachada.
Luego del arco rebajado, ya en el primer tramo de la nave, encontramos dos portadas, una frente a la otra. La de la izquierda, mucho más alta que su compañera, de acceso al vestíbulo de la capilla del Campo Santo, más conocido como el velador y su puerta está tan delicadamente tallada que más parece haber sido trabajada por un platero. La portada de la derecha tiene la misma traza y decoración; sin embargo, la puerta de cedro, quizá mejor conservada que la anterior, luce su ornamentación mucho más nítida.
Y sobre el primer arco toral a la derecha, se halla el púlpito adornado con pequeñas columnas salomónicas que hacen marco a esculturas de los más ilustres oradores sagrados de la antigüedad. Se puede reconocer a San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santo Domingo de Guzmán, Santa Catalina de Siena, entre otros.
A la espalda, vemos relieves de la Virgen entre sus padres, San Joaquín y Santa Ana; el Espíritu Santo pende bajo el tornavoz y la figura del Redentor corona el conjunto. El acceso al púlpito originalmente era una pequeña puerta que comunica a una escalera situada en la arquería del claustro. La escalera en espiral, que vemos ahora probablemente data de principios del siglo XX.
Entre los arcos torales y la gran cornisa que sirve de base a la cúpula, talladas en la piedra de las pechinas, destacan las esculturas de los cuatro evangelistas con sus respectivos símbolos: San Juan con el águila, San Mateo con el ángel, San Marcos con el león y San Lucas con el toro.
Alzando la mirada nos encontramos con lo más impresionante de todo el conjunto: la cúpula. Partamos desde el gran anillo que sostiene la media naranja, donde se representan, entre las ventanas, símbolos alusivos a la Virgen María, cada uno con una leyenda en latín: «Espejo de justicia», «Torre de Marfil»,» Huerto Cerrado», etc. Luego, desde una cenefa tallada, arranca la concavidad de la cúpula con ocho formidables ángeles de Atlantes, sosteniendo una alegoría de la esfera celeste poblada de estrellas y querubines.
En los espacios que dejan los arcos del crucero, bajo la gran cornisa donde empieza la cúpula, tenemos las esculturas de los cuatro apóstoles, pilares del Evangelio. Ya en la esfera celeste vemos en primer lugar, alusiones a la Virgen María, así como los ángeles y constelaciones de floridas estrellas, y culminando esta alegoría, la linterna como una luminosa proyección hacia el infinito, morada de Dios Omnipresente y Omnipotente.
Ahora bajemos la mirada al presbiterio, sobre el muro de la derecha, está la portada de acceso a la sacristía donde se repite el tema de la venera en la concavidad del arco y luego de la coronación, dos ángeles de perfil sostienen el escudo de la Orden Bethlemita. Sobre el muro de la izquierda, encontramos un gran cuadro de influencia flamenca que representa a Jesús ante los Jueces.
Al fondo, tenemos el retablo mayor. Acerca del cual podemos decir que no es el original; el primer retablo fue labrado en Quito y luego trasladado y ensamblado en Cajamarca, el cual se incendió hacia fines del Siglo XIX.
Al centro, en el primer cuerpo de este retablo, vemos que el nicho para el ostensorio, de puertas convexas decoradas con motivos vegetales enlazados y columnas salomónicas a los costados, es de estilo barroco, en contraste con las líneas severas y un tanto frías del neoclásico, tratándose evidentemente de una parte del retablo original que fue destruido.
Los confesionarios barrocos, han sido delicadamente tallados en cedro, entre cuyos motivos ornamentales pueden verse peces de la región que han desaparecido de nuestros ríos.
Los altares laterales tienen poco valor artístico, dudándose que fueran del Siglo XVIII, pues podemos comprobar que, en algunos, como el de la izquierda, bajo la cúpula, es notorio que se han utilizado partes de otros, desaparecidos, de mayor calidad.
En cuanto a las imágenes, apuntemos el hecho de que de aquéllas que originalmente ocuparon los nichos del retablo mayor, sólo existe las del Arcángel Gabriel y Santa Gertrudis. Algunas esculturas antiguas, con las de San Francisco, San Juan, San Antonio y otros no identificados, han sido encontradas en un desván del coro donde permanecían arrumadas.
Hacia 1960, las paredes del presbiterio fueron denudadas del estuco original pensándose que, como lo sucedido en Santa Catalina y San Francisco, la piedra «cara vista» es mejor; pero el criterio actual es otro y se deduce que los muros, bóveda y la cúpula han sido hechos para recibir enlucido y pintura.
El piso original seguramente fue de ladrillo pastelero, pero a principios del Siglo XX, fue reemplazado por uno de madera que al deteriorase ha sido cambiado por la piedra que hoy tiene.  
SACRISTÍA: Formando ángulo recto con la nave de la Iglesia cubierta por la bóveda de cañón, la Sacristía, es un ambiente de arquitectura muy sobria cuyos espesos muros de piedra desnuda exaltan la decoración tallada de la puerta que da al patio principal. Al centro, destaca un nicho entre dos columnas coronadas por un frontón curvo, partido, que alberga una escultura de la Dolorosa. A la derecha, pendiente del muro, vemos una galería de retratos de los Prefectos Bethlemitas.
La decoración y pintura interior de la iglesia y hospitales fue tan importante como la edificación misma en el proyecto arquitectónico de Joseph Morales. Por ello, se contrató los servicios de Nicolás Montalbo, maestro pintor de la Villa de Cajamarca y uno de los pintores más importantes de la época, con el propósito de garantizar calidad artística en el pintado y decorado del interior de la iglesia que se venía construyendo; así lo expresa el mismo maestro Nicolás Montalvo en una de sus cláusulas de su testamento, que existe en el archivo departamental de Cajamarca. Evidencia que nos permite atribuirle al maestro Nicolás Montalbo como autor de la pintura y decoraciones del interior de la iglesia hasta donde estuvo edificada en 1715, último año de su vida, utilizando magistralmente los relieves de los tallados para adecuar los colores de la tradición andina de Cajamarca en el decoro y pintado de la nueva iglesia de Belén, logrando una importante belleza.
El pintado y decoración de la iglesia de Belén, bien puede constituirse en la obra más importante del maestro  Nicolás Montalbo, en la que incorpora magistralmente los colores y la concepción plástica de tradición andina de Cajamarca de hojarascas, rombos y colores ocre o rojo indio, amarillo oro y verde sobre fondo crema; así como también la impresionante alegoría del reino celestial de la cúpula central, como elementos centrales de la exuberante ornamentación de la monumental arquitectura barroca en Cajamarca, otorgándole una espectacular belleza.
Como pintor, su producción debe haber sido considerable. Sin embargo, como el anonimato era una característica de los pintores y artistas del siglo XVII y XVIII, es casi imposible identificar los lienzos de cada uno de los pintores, y sus obras artísticas pueden estar en colecciones particulares y en las mismas órdenes religiosas de Cajamarca; sin embargo, por el nombre del lienzo es posible reconocer los cuadros que el maestro Montalvo hizo para la iglesia de Belén, información que el mismo pintor declara en otra cláusula de su testamento. 
Después de 1715, otros pintores que aún no se han logrado identificar, prosiguieron con la decoración y pintura del interior de la iglesia, así como también de los hospitales y otros ambientes del conjunto monumental.
En los trabajos de restauración de los hospitales de hombres y mujeres, se ha descubierto que los murales interiores de las paredes de cada covacha estuvieron decorados con pinturas de imágenes de santos de acuerdo a la tradición hospitalaria occidental.
El maestro Nicolás Montalvo fallece en 1715, a los 70 años de edad aproximadamente, dejando los bienes a su única hija reconocida, Magdalena Montalvo. Su obra artística en la iglesia de Belén, lo ubica como uno de los pintores indígenas más importantes de la «Escuela Cajamarquina».
Una pileta labrada en piedra que data de la segunda mitad del Siglo XVIII ocupa el centro del patio.
La Iglesia fue declarada Monumento Nacional por Ley Nro. 9441, y los hospitales por R.S. N° 2900-72-ED del 28 de diciembre de 1 972.
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